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El Che, un argentino incómodo.

Ernesto Che Guevara, en una imagen tomada en 1964. Foto: AP, EPV

Hay pocas cosas más alejadas de la revolución que el plácido barrio de clase alta de la sierra de Córdoba, en el centro de Argentina, donde se crió el Che Guevara. Todavía hoy, 50 años después de su muerte, sigue siendo un distinguido lugar de descanso de familias acomodadas, con enormes casas de estilo inglés como Villa Nydia, la que ocuparon los Guevara Lynch-De La Serna en los años 30 atraídos desde Buenos Aires por un clima ideal para luchar contra el asma del pequeño Ernesto.

 Casa Museo de Ernesto Che Guevara en Alta Gracia, Córdoba. Foto: Diego Lima

Casa Museo de Ernesto Che Guevara en Alta Gracia, Córdoba. Foto: Diego Lima

La propia casa, con su gran jardín y su anexo para la cocinera, y las fotografías de su infancia que se exponen en la mansión, convertida en museo, muestran una vida de lujos con la familia bañándose en la enorme piscina del famoso hotel Sierras, que está a pocas manzanas. El padre del Che, miembro como la madre de una conocida familia de terratenientes, colaboró en el diseño del golf cercano. Nada hacía presagiar que el mayor de los Guevara acabaría sus días como el guerrillero más famoso del planeta.

Hay pocas personas más argentinas que el Che, partiendo de su apodo, el que usan en estas tierras para llamar a una persona. En este país nació, creció y pasó más de la mitad de su corta vida. “Siempre estuvo al tanto de lo que pasaba en Argentina, leía las noticias, preguntaba. Mantenía una argentinidad permanente, nunca dejó de hablar en argentino, tomaba mucho mate, cantaba tangos muy desafinadamente según dicen.

Los cubanos siempre dicen que era muy argentino, dueño de una ironía muy filosa”, cuenta Pacho O’Donnell, conocido historiador argentino, autor de una respetada biografía del Che. La familia Guevara-Lynch acabó en Córboba por consejo del padre de O’Donnell, un reconocido pediatra de Buenos Aires que recomendó menos medicinas y más clima seco.

El historiador recuerda además que el Che nació y murió argentino, porque poco antes de partir a su última aventura en Bolivia, donde lo mataron, renunció a la nacionalidad cubana en una famosa carta a Fidel Castro que se expone en el museo: “Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de ministro, de mi grado de comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba”. Y sin embargo, sus restos descansan en Santa Clara, en Cuba, y nadie en Argentina ha pensado en reclamarlos. Es un argentino incómodo.

El Che Guevara y su madre con el hermano pequeño Juan. Foto: Familia Guevara

El Che Guevara y su madre con el hermano pequeño Juan. Foto: Familia Guevara

Argentina apenas recuerda a uno de sus ciudadanos más universales, tal vez el más famoso con Maradona y el papa Francisco. Además de la casa natal en Rosario, y la de Alta Gracia donde pasó su infancia y adolescencia, que se convirtió en museo en 2001, apenas hay calles dedicadas. En Alta Gracia, una zona de clase alta muy conservadora, solo una minúscula calle de dos manzanas se llama Che Guevara.

No hay prácticamente homenajes oficiales en ningún lugar del país. El único monumento, en su Rosario natal, se construyó por suscripción popular y algunos quieren tirarlo abajo. A las organizadoras del museo les cuesta mucho esfuerzo convencer a los colegios locales para que envíen a sus alumnos a la casa del Che. Apenas se estudia en las escuelas su figura.

“Es un personaje polémico. Algunos lo ven solo como un asesino. En el museo explicamos su figura como personaje histórico. Pero mucha de la gente que viene pregunta, ¿Y qué hizo el Che por Argentina? Ven que luchó en Cuba, en África, en Bolivia, pero no acá”, cuenta Carolina Isola, una de las responsables del museo.

Ernesto Guevara, el niño asmático que no era muy buen estudiante pero sí leía de todo desde los cuatro años y hablaba varios idiomas, como era habitual en la clase alta argentina, no destacaba ni mucho menos por esa dureza que le hizo famoso y le llevó a matar sin piedad con su propio arma a cualquiera que fuera considerado un traidor. “El Che no es violento por personalidad. Estudié mucho su infancia para la biografía.

Era conciliador. La violencia aparece en Guatemala. Llega como un aventurero que pensaba en ser médico en leprosarios. Pero ve cómo derrocan a Jacobo Arbenz con apoyo de la CIA. Conoce a su primera mujer, Hilda Gadea, entra en contacto con el marxismo y conoce a los primeros castristas. Ahí decide que solo se puede combatir al imperialismo con la violencia”, explica O’Donnell.

“Siempre estuvo obsesionado por la pureza. Murió y mató por sus ideas. Pero fue cambiando. En África y Bolivia ya no se encona con los desertores. Estaba condicionado para un destino trágico. Por eso tiene todas las características del mito. Por eso sus contemporáneos, De Gaulle, Kennedy, Mao, están en los libros o documentales, pero el Che está en las calles, en las manifestaciones, en las protestas. La sociedad que lo mató lo mantiene vivo”, remata.

El interior de la Casa Museo del Che Guevara. Foto: Expedia

El interior de la Casa Museo del Che Guevara. Foto: Expedia

Lo más parecido a la violencia que vivió en su infancia fueron los juegos de guerra que hacían los Guevara en el jardín emulando la guerra civil española, que seguía toda la familia con pasión a favor del lado republicano porque uno de sus tíos era corresponsal de un diario argentino en el conflicto. Después conocieron a varios exiliados republicanos que acabaron en las sierras de Córdoba, incluido el maestro Manuel de Falla.

El Che sale pues de Argentina como un aventurero con una mochila y acaba siendo revolucionario. Ni siquiera fue un militante político en la convulsa universidad de Buenos Aires donde estudió medicina. Su amigo Alberto Granados, con el que hizo su primer gran viaje latinoamericano en la famosa moto, sí estaba metido en política y fue encarcelado, y le recriminaba siempre que no se implicara más. Los restos de Guevara descansan en Cuba pero una parte de los de Granados sí están en Argentina, en la casa de Alta Gracia.

También era de esta zona Calica Ferrer, un amigo de la infancia con el que hizo el segundo y último viaje latinoamericano. Calica aún vive y está estos días en Bolivia para acudir al gran homenaje organizado por Evo Morales. Desde allí cuenta por teléfono que está “muy emocionado” por el aniversario.

En Argentina apenas hay una vigilia en la casa museo de Alta Gracia. La política argentina siempre huyó del Che. Tanto es así que el museo lo visitaron en 2006 Fidel Castro y Hugo Chávez, pero nunca Néstor ni Cristina Kirchner. Y sin embargo él siempre soñó con exportar la revolución a su país. De hecho hubo un intento, protagonizado por el periodista argentino Jorge Masetti, muy cercano al Che, que dirigió la agencia Prensa Latina. Intentó hacer base en Salta, en el noroeste argentino, el que descolocó al Che por su pobreza en su primer viaje en una bicicleta con un pequeño motor acoplado.

Masetti se hizo llamar comandante segundo a la espera de la llegada del Che. Pero todo el grupo fue eliminado por la Gendarmería argentina, nunca se encontró su cuerpo. La operación en Bolivia también fue un último intento de acercar la revolución a su tierra si triunfaba allí su proyecto suicida. La muerte del argentino más famoso fuera de su tierra le convirtió en una leyenda. Pero mucho más fuera que dentro su propio país.

El País